miércoles, 30 de marzo de 2011

SU VOZ

CERRABA los ojos para que al oirla hablar su voz penetrara en mí, para que al oirla hablar sintiera sus palabras como mías. Y es que sus palabras hacían de mi corazón un músculo indomable, acentuado en sus acentos, lleno a rebosar de futuros imposibles, de silencios espaciados de esperanzas. Oirla hablar me convirtió en un fiel devoto, casi un mártir, de sus palabras. Igual que ver. O respirar. Una palabra suya era un soplo de aire fresco, una ráfaga de vida. Me la imaginaba siempre susurrándome sus silencios al oído. Silencios tan llenos de Amor. De un Amor aventurero, nómada, desinteresado. De un Amor infinito, inagotable, para siempre. Me había enamorado de ella. Perdidamente. Como el que se enamora de unos zapatos viejos. Unos zapatos hechos a su medida. Tardé un mes en saber su nombre. Dos en saber dónde vivía. Un año en compartir sus aficiones. Aún desconozco el día de su cumpleaños, la marca de su perfume, el color de su ropa interior. No sé porqué me enamoré de ella. Perdidamente. Como el que se enamora de unos calcetines rotos. Rotos a su medida.

Aquella locura de Amor que había germinado en verano, sin querer y a destiempo, se me fue haciendo crónica.

Dejé de oir su voz para ver si su ausencia me curaba. Aquel año el otoño fue de los peores. El invierno fue un invierno interminable.

Tal vez por casualidad, tal vez por perseverancia, llegó a mis manos su número de teléfono. Necesitaba oir su voz, volver a descubrir en sus palabras el significado de las mías. No quería que mi Amor muriera como se mueren las flores en los floreros, como frío y calculador, a su hora, el veranillo de San Miguel pone punto y final al verano. Todos los años. Era presa fácil de la ansiedad, del nerviosismo, de la falta de costumbre.

No recordaba haber estado nunca tan loco. Loco de Amor. Al final me decidí y marqué:

Nueve. Uno. Siete. Seis. Uno. Tres. Siete. Cinco. Dos. Tres.

Repasaba mentalmente lo que iba a decirla. Una y otra vez. De memoria. La espera se hizo eterna. Al final una voz femenina, mecánica y distante, dijo:

- Si, dígame.

Los nervios perpetuaron mi silencio. Pero aquella voz femenina, mecánica y distante insistió:

- ¿Si?

Nervioso, contesté.

- ¿Beatriz?

Y esa voz femenina, mecánica y distante dijo:

- Lo siento, se ha equivocado.

1 comentario:

  1. Bonito relato, con final feliz, así no se rompe el amor

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