En “La soledad de lo invisible” conviven dos novelas; la primera, narra la historia de Caracca, la antigua ciudad hispana que en el siglo I a. C. Quinto Sertorio, el díscolo general romano enemigo declarado de Sila, conquista para Roma. Se la arrebata a los carpetanos por la razón que impone la espada. Contada desde la experiencia de distintos personajes propone ―y expone― a la mujer como protagonista indiscutible de lo relatado. La segunda, nos descubre un asesinato ocurrido en Driebes, “uno de los cientos de pueblos estáticos de la Castilla menos manchega”. Las dos historias convergen en el descubrimiento del Tesoro Preimperial de Plata de Driebes, que actualmente se encuentra en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid. En “La soledad de lo invisible” el pasado y el presente caminan juntos y cogidos de la mano para desvelar las complejas relaciones que viven los herederos de Caracca. Y se justifica la Historia para explicar el amor, y el deseo, y la venganza, y la traición que hoy gobiernan nuestras vidas. Como bien dice uno de los personajes, amigo lector, lea y sienta, “las historias siempre son maestras de la vida”.
“La Libertad de elegir ser esclavo” es un blog donde descubrirás mis secretos más apasionados y mis pasiones más secretas.
miércoles, 30 de noviembre de 2022
Sinopsis de “La soledad de lo invisible”, próxima novela histórica de Amado Storni
En “La soledad de lo invisible” conviven dos novelas; la primera, narra la historia de Caracca, la antigua ciudad hispana que en el siglo I a. C. Quinto Sertorio, el díscolo general romano enemigo declarado de Sila, conquista para Roma. Se la arrebata a los carpetanos por la razón que impone la espada. Contada desde la experiencia de distintos personajes propone ―y expone― a la mujer como protagonista indiscutible de lo relatado. La segunda, nos descubre un asesinato ocurrido en Driebes, “uno de los cientos de pueblos estáticos de la Castilla menos manchega”. Las dos historias convergen en el descubrimiento del Tesoro Preimperial de Plata de Driebes, que actualmente se encuentra en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid. En “La soledad de lo invisible” el pasado y el presente caminan juntos y cogidos de la mano para desvelar las complejas relaciones que viven los herederos de Caracca. Y se justifica la Historia para explicar el amor, y el deseo, y la venganza, y la traición que hoy gobiernan nuestras vidas. Como bien dice uno de los personajes, amigo lector, lea y sienta, “las historias siempre son maestras de la vida”.
sábado, 26 de noviembre de 2022
Último adelanto de "LA SOLEDAD DE LO INVISIBLE", próxima novela histórica de Amado Storni.
4
Sin embargo, me aferro a ellos porque sigo creyendo,
a pesar de todo, que la gente es buena de verdad
en el fondo de su corazón
Aquel año de 1945 se estrena con una ola de frío que congela toda la provincia de Guadalajara. La nevada que cae los días 13 y 14 de enero se hiela y permanece hasta el día 20. Uno de los días, el 13, en Driebes el cielo queda cubierto de nubes. Son las seis de la tarde. Al cerrar la noche, las calles quedan desiertas. Es la típica estampa de un pueblo abandonado.
El
día aún duerme. Hoy el camino desde Albares, unos 8 kilómetros, se anda bien;
tardo 5 horas, dos de ida, media en llenar las cántaras y dos y media de
vuelta. A Lucera, la mula pequeña y todavía juguetona, le cuesta llevar el
serón con las cuatro cubas a rebosar de agua, unos setenta litros. Nunca olvida
los caminos que anda. De cabeza alta y patas macizas, su pelaje, corto y áspero
y con alguna calva de las que aparecen con la edad o el sufrimiento, es de un
color gris que imita al de las perlas. El lomo se adorna con una vieja colcha y
el cuello con unos pequeños cascabeles, casi diminutos. Su carácter es el
obstinado de las mulas. Todas las tardes espera paciente en el prado a que los
niños salgan de la escuela, y salta con ellos, y los persigue al citarla como
si fuera un toro. Y cuando los alcanza, los empuja con el hocico hasta que caen
al suelo.
Me
hiere el frío; mis manos y mi cara aún conservan el rastro de arrebol que la
noche tatúa sin piedad en las pieles. En invierno, el agua de las cubas llega
casi congelada y es el ajetreo continuo el que impide que se hiele. Aún no
puede beberse; primero hay que mezclarla con el agua sobrante del día anterior,
almacenada para este fin, y esperar a que se atempere.
Llego a casa. Mi madre, una mujer pequeña y delgada pero de gran
fortaleza, me espera con el cuerpo envuelto en una manta hecha a mano con los
retales sanos de prendas viejas. Cada día me da la bienvenida con dos besos
en la mejilla derecha. Hoy la acompaña Higinio, el hijo mayor de Alfonso,
muerto por los nacionales debido a su pasado republicano y al chivatazo de un
malquerer: son las enrarecidas relaciones vecinales que se originan después de
la guerra. Mi madre le sirve el agua a escondidas ya que en el pueblo no se la venden. Su
familia, una madre y dos hermanas ―la mayor se coloca
de cocinera en la casa del carnicero― subsiste
del trabajo de Higinio que, ahora, pica piedra en las recién estrenadas obras
del canal de Estremera. La necesidad le obliga a cazar, conejos principalmente,
a recolectar espárragos y a robar a los
pastores.
―Llegas pronto ―afirma mi madre acariciándome la cara.
―El camino se anduvo bien.
Higinio me ayuda a bajar las cubas de agua de la mula que después
volcamos en las tinajas de barro cocido que hay en la cuadra, el mismo sitio
donde satisfacemos nuestras necesidades fisiológicas. Mi madre, entrada la
mañana, vende ese agua en la plaza a dos perrasgordas el litro. La gente la
utiliza para beber y para cocinar. Y don Eleuterio, en la taberna, la mezcla
con el vino. El agua de pozo, alguno de ellos excavados en las propias casas,
también es buena pero no se aconseja su consumo ―es demasiado salobre― y se emplea para todo lo demás.
Apenas descanso un par de horas. Algunas veces, la mayoría, el trayecto de vuelta lo hago dormido a lomos de la burra. Hoy, no.
―Ya tienes preparado el puchero ―dice mi madre―. Coge un mendrugo de
pan, los más blandos están encima de la mesa. He apartado el duro para
ablandarlo con el caldo de la sopa, y el resto, que se lo coman los cerdos.
Cuando hace matanza, mi madre necesita un
permiso expedido por las autoridades de Abastos. Son los encargados de
controlar, mediante la elaboración de informes, el abastecimiento de los
alimentos. Aun así, la mayoría de las veces consigue esquivarlo. Cada noche, mi
tía Inés, hermana de mi madre, hace pan negro, de cebada, que raspa como un
palillo de dientes y que ahoga al tragarlo. Cuando muele el grano esconde
cuatro o cinco costales en el monte. Así evita a los agentes de la Fiscalía, y
a los de la tahona a quienes tiene que entregar la poca harina que queda. El
vino nunca falta y el aceite se vende a cucharadas. A pesar del hambre, nunca
se desentierran animales muertos para comerlos; miente quien diga lo contrario.
Hoy el puchero lleva migas.
―Hasta la tarde ―me despido.
―Arrópate bien no me cojas frío.
Después de transportar el agua me ocupo en las obras del canal de
Estremera picando piedra; otros cinco kilómetros, poco más de tres cuartos de
hora si el camino se anda con prisa. El día ya se nos echa encima. Son tiempos duros estos que me tocan vivir y que me
hacen sentir tan extraño. Aunque no siempre es así. Los padres de mi madre
atesoran un gran capital y heredan tierras, las que mi abuelo pierde en sus
continuas apuestas en los juegos de cartas. De un día para otro, mi madre y sus
hermanos abrazan la miseria y se ven obligados a trabajar en las labores de un
campo cuyas tierras fueron suyas. Cuando llega la adolescencia, mi madre se
libera del yugo de escardar y de trillar la parva al casarse con mi padre, un
agricultor que arrienda las tierras a los Zorita, sus propietarios, que no las cultivan.
Higinio me acompaña el andar.
―¿Cuándo dejaremos de ser pobres? ―pregunta.
―Los hay mucho más pobres que nosotros.
―¿Más? Lo dudo.
―Pregunta a los que llegan al pueblo pidiendo un pedazo de pan, aunque
sea duro. ¡Se comen lo que nosotros les echamos a los cerdos!
―Solo viven bien los que mandan ―comenta con rabia―. Ni la guerra cambia
eso. Los necesitados de antes somos los pobres de ahora.
―No todos.
―Nosotros sí, y eso basta.
Higinio detiene su paso y observa el paisaje.
―Mira, todo ha quedado destrozado.
Los campos son una estepa llana, árida y
pedregosa, apenas sin vida, de escasa vegetación donde tan solo sobreviven los
hierbajos. Ya no conservan esa visión bucólica, apacible y meramente
paisajística de antaño.
―Somos pobres, sí, pero pobres vivos ―apunto.
―Algunas veces la vida no merece la pena vivirla. Mírame, la única herencia de mi padre es el hambre.
―Mi madre lo hereda del suyo.
―No es lo mismo.
―Y
ella viuda y yo huérfano; como tu madre, y como tú.
―El único pecado que comete mi padre es el de ser republicano.
―Cuenta mi madre que el mío lucha en ambos bandos sin ser de ninguno.
Tiene la suerte de que la bala que le mata la dispara el fusil de un rojo, nada
más.
―Su suerte y la vuestra.
―¿Tanto te molesta nuestra suerte?
Higinio calla y sigue andando.
―Reza para que no nos falte lo poco que aún nos queda ―le aconsejo.
Higinio vuelve a detenerse.
―Yo no sé rezar.
Coge un terruño y lo deshace en su mano. La tierra se convierte en
polvo.
―Este año será difícil, lo presiento.
―¿Más?
―De este año solo recordaremos la miseria. Mil novecientos cuarenta y
cinco será el año del hambre.
sábado, 19 de noviembre de 2022
Segundo adelanto de "LA SOLEDAD DE LO INVISIBLE", próxima novela histórica de Amado Storni.
IV
Antonino
El día amanece alegre y despejado. Aromático. Casi poético. Con la
lentitud propia del andar consumido por la costumbre, la mañana desteje el
rocío que resbala por el alma de la flor ―la
hoja― como la lágrima que habita en las
pupilas y alcanza el suelo, donde muere. El sol, espléndido ―autumno caelum― aún no es de mediodía; con una luz que recorta las
sombras y cuyos rayos regurgitan la vida con el reflejo del oro fresco.
Domus Antonino
Llaman a la puerta. Acudo tan rápido como me lo permite la cojera. Abro. Me encuentro a tres mujeres, dos de ellas de avanzada edad aunque menos que la mía.
―¿Qué deseáis?
―Preguntamos por Antonino ―contesta una, la más agraciada.
―Yo soy Antonino.
Las tres se sorprenden al verme.
―Te pareces tanto a...
La interrumpo.
―A Claudio, el emperador. ¡Me ven en él tantas veces!
―Que los dioses lo tengan en su gloria.
―Yo no balbuceo ―les aclaro.
Pero a menudo babeo. Y también acostumbro a limpiar los restos de saliva que quedan en la comisura de mis labios con las mangas de la túnica. Me defino como un hombre alto, esbelto, de cuello robusto y cabellos canos, que porta el mismo gesto indescifrable que luce Claudio instantes antes de ser envenenado. De precaria condición física ―los tics del rostro me afean el gesto― la nariz me gotea y me distancia la sordera. Y me incomodan en demasía las dolencias del estómago. Los excesos alimentarios me ocasionan una pancreatitis. Mi andar es rígido al cojear de la pierna izquierda, aunque en ocasiones exagero los rasgos para captar la atención.
―¡Cuántos cojos hay en esta ciudad! ―apunta la más joven.
No le presto interés. Las complicaciones amorosas también me asemejan al difunto Claudio. Mi tercera esposa, Livia, mi prima, tiene quince años cuando la desposo ―treinta y cinco menos que yo―. Es una mujer que en mi presencia se jacta de su alocada promiscuidad. La repudio, aunque dos años después vuelvo a casarme con una mujer a la que nunca amo; si permanecemos unidos es por rencor.
Claudio me destierra de Roma ya que teme que le asesinen y suplanten con mi identidad la del hombre más poderoso del mundo.
―Aún no me habéis dicho quiénes sois y qué motivo os ha
traído a mi casa.
―Soy Lolia Saturnina, y las mujeres que me acompañan son Actea, mi hermana, y Drusila ―comenta a la par que las señala.
―¿Lolia Saturnina? ―pregunto con asombro―. ¿La misma Lolia Saturnina favorita del malogrado Claudio?
―La misma.
Una risa cómplice se apodera de su
semblante. Aquel gesto vincula la proximidad del trato.
―Los que exageran tu belleza
se quedan cortos ―la adulo―. Sin lugar a dudas merecedora de los favores de
cualquier emperador, incluso más: los de cualquier hombre.
―Agradezco tus halagos. ¿Nos invitas a pasar?
―Sería un atropello no dejarte entrar en tu propia
casa. Disculpa mi torpeza.
Para acceder
a la domus, de una sola planta, los visitantes sortean el escalón que la separa
del empedrado de la calle. Dos pilastras ornamentadas con hermosos capiteles
dan acceso a las puertas, traspasado el vestíbulo. Son de madera de encina, con
doble hoja cortada a la mitad para permitir la apertura de la parte superior,
que es como se encuentran ahora, permaneciendo la inferior cerrada. Así se
ventila mejor la estancia. Las puertas abren al interior.
―¡Salve Cave canem! ―lee Lolia Saturnina en voz alta.
Es el saludo que hay grabado en el pavimento.
―Así se evitan las visitas no deseadas ―la explico.
Dejamos atrás un pasillo y accedemos al atrio que tiene forma cuadrangular.
―Con el pie derecho ―advierto.
Todas obedecen.
El atrio es un espacio porticado con columnas de alabastro cuyas paredes se adornan con frescos. A Lolia Saturnina le maravilla el olor de la estancia.
―¡Qué bien huele!
―Cada
pebetero ―señalo los cuatro que hay ―lo relleno con perfume de lilo mezclado con aceite de oliva.
El techo se
abre y los aleros, ocupados cada primavera por las golondrinas, se inclinan
para facilitar la recogida del agua de lluvia. El líquido, a través de unas
canalizaciones, acaba almacenado en el estanque que ocupa la parte central del
atrio.
―¡Cuánta
belleza! ―exclama Lolia Saturnina.
Invito a las mujeres a que accedan a
una de las dos habitaciones, la que se sitúa a la izquierda.
―Entrad, aquí duerme
Kalendio, mi esclavo ―las explico―. Poco más que ver.
Salimos de
nuevo al atrio. En uno de sus extremos, el derecho, se sitúa una capilla
realizada en estuco; en el otro, se encuentra la cocina, con un fogón
construído de albañilería. No dispone de chimenea.
―Aquí, Kalendio prepara la comida. Las
menos de las veces porque la mayoría de los días nos la traen a casa.
―¡Qué limpio está todo! ―comenta Lolia Saturnina.
―Kalendio es un esclavo ejemplar. No sé
qué haría sin él.
―¿Qué edad tiene?
―Va a cumplir los sesenta. Lleva media
vida conmigo. Ya me sirve en Roma.
―¿No es muy viejo?
―Lo viejo vale para mucho.
El suelo se
pavimenta con granito, más resistente, pues el paso es frecuente. Un despacho
comunica el atrio con el peristilo.
―¡Qué espacioso! ―exclama Drusila.
―Cuidado con el escalón.
La estancia,
doble en longitud de larga que de ancha, se decora con una mensa circular
tallada en madera de nogal con incrustaciones de pedrería. En ella se expone la
vajilla, de cerámica. Lo complementan tres triclinium orientados al mediodía,
colocados en forma de u, cubiertos con almohadones bordados con escenas
mitológicas y rellenos de paja para suavizar su dureza. En la pared, un fresco
del puerto de Ostia.
―¡El puerto de Ostia! ―exclama Lolia
Saturnina.
Suspiro.
―¡Cuando lo miro consuelo su ausencia!
―¿Desciendes de Ostia? ―pregunta Actea.
La nostalgia maquilla mis palabras. Con la mano derecha acaricio la pintura.
―Allí nazco y allí me crían, al amparo del mar y de los
comerciantes que llegan desde todos los lugares. Algunas veces huelo la brisa
marina ―coloco la nariz sobre la pared― y otras ―apoyo con suavidad la oreja derecha― escucho el bullicio de sus gentes.
Lolia Saturnina acerca su rostro para
comprobarlo.
―Yo también lo escucho.
―Y
cuento
las olas.
Entorno los ojos.
―Yo salgo de Ostia pero Ostia no sale de mí.
―Regresarás algún día ―me asegura―. Somos como las abejas, siempre volvemos a la colmena.
domingo, 13 de noviembre de 2022
Adelanto de "LA SOLEDAD DE LO INVISIBLE", próxima novela histórica de Amado STORNI
I
Quinto Sertorio
Conquestum Caracca. 77 a. C.
Atardece septiembre. El viento originado desde las húmedas llanuras sopla agradable. Quinto Sertorio, el díscolo pretor romano, llega hasta los pies de la agreste colina a lomos de un caballo blanco, un esbelto corcel con las crines adornadas de oro que reflejadas por los rayos del sol le compite en majestuosidad a su jinete. El equino, que siente en sus flancos las rodillas del general, se contonea al ritmo de las palabras de un Quinto Sertorio que demuestra un temple asombroso, cualidad que desde el alma transmite la verdadera superioridad. Ayer ordena a las tropas acampar al sureste del cerro, en la margen derecha del río Tagus, y hoy les exige que se preparen para la batalla. En el perímetro del campamento, un rectángulo que no supera un acta geodésica, los soldados escarban un profundo foso periférico y levantan terraplenes sobre los que se colocan estacas y cordeles a modo de protección. Los gestos de aquellos que se disponen a entregar la vida por la causa romana se aliñan de un respeto superlativo que arrebata la voluntad como una borrachera. El olor a muerte se palpa denso. Si alguien anhela cosas insólitas este es el momento de pedirlas. La brisa empuja las palabras más allá del horizonte y el eco, prolongado como un trueno, se encarga de amplificarlas como si el mismísimo Júpiter las pronunciara desde el cielo.
Al escuchar aquella voz tan penetrante el alma no permite otra cosa que
envalentonarse. Por todos es conocida la rectitud de Quinto Sertorio con sus
clientelas militares a las que instruye todos los días, antes incluso de la
salida del sol, en la lucha cuerpo a cuerpo, en los ejercicios ecuestres, en
las carreras y en la esgrima. Y acostumbra a adornar sus cascos con oro y
plata, y les enseña el uso de mantos y túnicas, y les anima a que decoren sus
escudos. Y les obliga a transportar su propia impedimenta, esto es, un
capote-manta militar, las raciones de comida diaria, un pico, un hacha y una
pala. Y un par de estacas dentadas con las que se levantan las empalizadas de
los campamentos. Una dotación con un peso superior a las ochenta libras.
Apportatio
Esta necesidad de tropas abre de par en par las puertas del ejército a los más necesitados. A cambio de sus servicios reciben un estipendio: parte del botín, de los esclavos o de las tierras, además de la ciudadanía romana si carecen de ella. El Estado, así, profesionaliza la milicia y la desliga del clasismo de épocas pretéritas. Los generales se garantizan el apoyo incondicional de sus ejércitos al tiempo que se da origen a una nueva raza de hombres adiestrados para la guerra y a la que llaman legionarios.
Siempre sobrios y rigurosos cumplidores de las órdenes que reciben, los soldados son severamente castigados si cometen algún delito. Su comportamiento debe ser el de un militar romano y no el de un indígena. Y engrandecen su valentía pues saben que los progenitores no entregan a sus hijas al matrimonio sino que son ellas las que escogen a los hombres más predispuestos para la guerra. Quinto Sertorio alinea a los bárbaros en su bando, todos jóvenes, para así establecer un mejor control sobre ellos al tiempo que suaviza sus tensiones sociales, todavía no resueltas y alimentadas por la insolente avaricia recaudatoria de los tribunos que le preceden. Y se empeña en romanizar a los vástagos de las élites nativas a quienes educa según los cánones clásicos dictados por Grecia y Roma. Y vestidos con la toga pretexta asisten a clase con regularidad. Sus gastos los costea el propio Quinto Sertorio, quien premia a los mejores condecorándolos con unos collares de oro que llama bulas. Es tal la devoción que sienten sus guerreros por él, tan solo comparable a la labrada por Escipión “El Africano”, que en la lucha salvan la vida del general antes que las suyas propias.





